jueves, 26 de septiembre de 2013

Proyecto Eco-Historia Antigua


Comenzó la realización del proyecto Eco-Historia Antigua con los alumnos de 1 "B" del Holters.


Acá se ven algunas de las fotos del comienzo del trabajo.

Se trata de un proyecto colectivo que intenta abordar la historia de las antiguas civilizaciones a través de la utilización de materiales reciclables.

Próximamente habrá mas registros fotográficos del proyecto que ya esta en marcha!













martes, 24 de septiembre de 2013

Pirámides de Egipto y Mexico

Imágenes para el proyecto de "Eco-Historia Antigua"
(Primer año B y C del Inst. Holters)


El proyecto consiste en el armado de dos pirámides (Olmeca y Egipcia) a partir de la utilización de materiales descartables.
La presentación sera en el marco de la Feria de Ciencias en octubre próximo.








viernes, 20 de septiembre de 2013

RELACIONES TURBULENTAS

Moscú y Washington: ¿amigos o enemigos?

Por Laurent Rucker*


Los atentados del 11 de Septiembre impulsaron a Putin a acercarse a Estados Unidos para encarar una lucha conjunta contra el terrorismo. No obstante, poco después Rusia se sintió amenazada por la creciente intervención estadounidense en sus proximidades, y más aun luego de que instalara escudos antimisiles en Polonia y radares en República Checa con la excusa de la amenaza iraní.

a constatación es amarga y reveladora: “El derrumbe de la Unión Soviética fue el mayor desastre geopolítico del siglo XX. Para la nación rusa fue un verdadero drama”, declaró el presidente Vladimir Putin en su discurso anual ante el Parlamento, el 25 de abril de 2005. Expresaba así la profunda perturbación del Kremlin ante la irresistible decadencia de su poder y la pérdida de las conquistas territoriales acumuladas a lo largo de tres siglos.
A partir del 11 de septiembre de 2001 se había registrado un espectacular acercamiento de Moscú respecto de Estados Unidos y la Unión Europea (UE), pero los factores de tensión comenzaron a sumarse desde fines de 2003, fundamentalmente a raíz de la “Revolución rosa” en Georgia, y de la “Revolución naranja” en Ucrania, sin contar las divergencias respecto de Irán (1). En Moscú, especialistas, diplomáticos y dirigentes políticos se interrogan: ¿Rusia tiene que continuar su asociación estratégica con Estados Unidos o acercarse a China? ¿Cómo detener su pérdida de influencia en el espacio postsoviético?
Putin, que llegó al poder en 1999, se proponía restaurar la posición de Rusia en el escenario internacional. Por entonces, numerosos expertos le aconsejaron que rompiera con la política preconizada por el ex primer ministro Evgueni Primakov (2). En lugar de extenuarse en busca de un mundo multipolar, sinónimo de confrontación con Washington, Rusia debía volver a concentrarse en sus intereses vitales, integrándose a la economía mundial para modernizarse. De manera que debía acercarse a Estados Unidos y a Europa, abandonar la retórica de gran potencia y desmilitarizar las relaciones con Occidente.
Los atentados del 11 de Septiembre brindaron a Putin la ocasión de iniciar esa revisión profunda de la política exterior. La asociación estratégica pactada entonces con Estados Unidos y con Europa se articulaba en torno de cuatro ejes: lucha común contra el terrorismo islamista; gestión compartida de la zona de crisis en Asia Central; semi-integración de Rusia a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), y cooperación energética.
Ese cambio se tradujo inmediatamente en un apoyo de Moscú a la intervención en Afganistán, la creación de bases militares estadounidenses en Uzbekistán y Kirguizistán, la creación del Consejo Rusia-OTAN y la aceptación de la ampliación de la Alianza a los Estados bálticos, además del desarrollo de proyectos de cooperación petrolífera y gasífera. Hasta 2004 esa política soportó todos los embates, incluida la guerra en Irak.
Si bien es cierto que Rusia se alineó con los países que se oponían a esa guerra, como Francia y Alemania, tuvo cuidado de no enemistarse con Washington, dejando que París encabezara la fronda en el Consejo de Seguridad. Luego del derrocamiento del presidente Saddam Hussein, a la vez que seguía proclamando su oposición de principio a la ocupación de Irak (Moscú votó las resoluciones de Naciones Unidas sobre ese punto) recibió a las nuevas autoridades iraquíes y aceptó cancelar la deuda de Bagdad, de 8.000 millones de dólares.
El presidente Putin era favorable a la retirada de las tropas anglo-estadounidenses de Irak, pero evitó cuidadosamente ejercer la más mínima presión al respecto sobre Washington. En efecto, trató de proteger los intereses rusos en Irak, fundamentalmente los de la compañía Lukoil, que había firmado con el régimen anterior un contrato de explotación de la cuenca petrolífera de West Qurna. La venta por parte del Estado ruso, en 2004, a la compañía estadounidense Conoco-Philipps del 7,59% del capital de Lukoil que aún poseía, abrió el camino para que esta última firma vuelva a operar en Irak.
La conjura occidental
La reacción de Moscú ante las “revoluciones de colores” en Georgia y en Ucrania puso de relieve la ambigüedad del acercamiento de Rusia a Estados Unidos y a Europa. Para el Kremlin, esos acontecimientos no fueron el resultado de la movilización de la sociedad civil contra regímenes corruptos, incompetentes y criminales, sino de una conjura fomentada por Washington para reducir la influencia de Rusia en el espacio postsoviético y saquear sus riquezas.
El vuelco “pro-occidental” protagonizado por Moscú en 2001 se apoyaba en una cooperación para luchar contra un enemigo común –el terrorismo, calificado por Putin en la tribuna de Naciones Unidas como “sucesor ideológico del nazismo”– y no en el desarrollo de la democracia en Rusia o en el espacio postsoviético. Ese cambio de posición tenía como pivote una alianza con las fuerzas más conservadoras de Occidente, encarnadas por los entonces mandatarios George W. Bush, Silvio Berlusconi y Ariel Sharon.
Son muchas las cuestiones sobre las cuales los gobiernos ruso y estadounidense comparten la misma visión del mundo: prioridad a la soberanía, importancia central de las relaciones de fuerza, discurso de poder y hostilidad respecto de la injerencia humanitaria y de la justicia internacional. Moscú ni siquiera se siente perturbado por la idea de la guerra preventiva: el ministro de Defensa Serguei Ivanov considera abiertamente su eventualidad, si “lo exigen los intereses de Rusia o sus obligaciones con sus aliados” (3). Pero el Kremlin reclama de Occidente dos contrapartidas: silencio sobre la guerra en Chechenia –presentada como una contribución a la lucha global contra el terrorismo islamista– y sobre la política interior rusa, y reconocimiento de los intereses de Rusia en el espacio postsoviético.
No obstante, las críticas de Washington, y en menor medida de Bruselas, referidas tanto a la guerra en Chechenia como a la falta de libertades y de pluralismo en Rusia, fueron aumentando con el paso de los años. Ofuscado por los comentarios de ciertos dirigentes occidentales sobre la intervención de las fuerzas rusas durante la toma de rehenes en Beslan, en septiembre de 2004, y por la “Revolución naranja” en Ucrania, Putin atacó –durante sus viajes a Turquía e India (4)– a ese Occidente “con casco de colonizador” que ejerce “en los asuntos internacionales una dictadura envuelta en un bello discurso pseudo-democrático”. La acumulación de factores de tensión con los países occidentales y los fracasos de la diplomacia rusa en Georgia y en Ucrania generaron en Moscú un debate –limitado, es cierto– sobre la política exterior del presidente Putin (5).
El acercamiento a China, manifestado durante 2005, alimenta interrogantes. Luego de haber solucionado en 2004 un diferendo fronterizo pendiente respecto de las islas de la región de Khabarovsk, Moscú y Pekín consolidaron sus relaciones en el marco de la Organización de Cooperación de Shanghai (6), hasta el punto de que en agosto de 2005 realizaron por primera vez maniobras militares conjuntas de gran magnitud en el Pacífico.
¿Se trata de la primera etapa de una alianza más estrecha dirigida contra Washington? Varios obstáculos se yerguen en esa ruta (7). Las relaciones entre ambos países están marcadas por una recíproca desconfianza, dado que cada uno teme que el otro lo utilice como herramienta en su relación con Estados Unidos. China se halla en un período de desarrollo rápido, tanto en el plano económico como militar, mientras que a Rusia le cuesta frenar su decadencia y volver a ser una potencia regional. Una cooperación demasiado estrecha podría, en caso de conflicto entre Washington y Pekín, colocar a Rusia entre la espada estadounidense y la pared china, una configuración que, según los expertos rusos, Moscú debe evitar por todos los medios. El objetivo de la cooperación con China debería ser el desarrollo del Extremo Oriente ruso y de Siberia, zonas peligrosamente amenazadas por la caída demográfica y donde se concentran las principales riquezas de Rusia, en particular los hidrocarburos (8).
Rusia y la Unión Europea
Cada vez que las relaciones con Washington se deterioran, Moscú tiende a dirigir su mirada a Europa y viceversa. En el caso de la crisis de Ucrania, Rusia debió hacer frente a una tensión simultánea con Estados Unidos y con la UE. Obsesionada por la OTAN, Moscú prácticamente no se había preparado para la ampliación de la UE, cuyas consecuencias son sin embargo mucho más importantes sobre los intercambios comerciales, la circulación de personas y las relaciones con los Estados postsoviéticos.
Las negociaciones previas a la ampliación de la UE fueron a menudo tensas entre Moscú y Bruselas. La política europea de vecindad (PEV), destinada a los nuevos Estados fronterizos (Bielorrusia, Ucrania, Moldavia, Rusia y Estados del Cáucaso) despierta inquietud en Moscú, que ve en ella una nueva tentativa de reducir su influencia en el espacio postsoviético (9). La cuestión de los “valores comunes” también es fuente de numerosos conflictos entre Rusia, la UE y las otras instituciones europeas, fundamentalmente sobre la situación en Chechenia y el respeto de los principios democráticos.
En cambio, Rusia mantiene excelentes relaciones con algunos Estados miembros de la UE, en particular con Alemania (10), Italia y –en menor medida– con Francia, lo que suele crear divergencias en la UE entre los partidarios de la cooperación con Moscú y los que preconizan una actitud firme, fundamentalmente los Estados bálticos y Polonia. Esto se explica, dado que las relaciones de estos últimos con Rusia se deterioraron notoriamente a causa de un pasado difícil de digerir y del acercamiento de esos países a Estados Unidos (11).
La estrategia que eligió Putin luego del 11 de septiembre de 2001 no dio los resultados esperados. Pero no existe una solución de recambio, salvo al precio de aislar a Rusia, privándola de los instrumentos necesarios para su modernización (capitales, tecnologías, inserción en las estructuras de la mundialización). Moscú padece debilidades estructurales (caída de la demografía, economía de renta, excesiva centralización del poder conjugada con la debilidad del Estado, ausencia de verdaderos contrapoderes, etc.) que convierten al país en un actor de segundo plano en la escena internacional, a pesar de sus armas nucleares, de su escaño como miembro permanente del Consejo de Seguridad y de su pertenencia al G8, organización que en 2006 realizó su primera cumbre en Rusia. Además de su inmenso costo humano y financiero, la interminable guerra de Chechenia afectó de modo duradero la imagen de Rusia, además de frenar su democratización y alimentar el terrorismo islamista.
En el corto plazo, Moscú dispone de dos cartas de triunfo. En primer término, la bendición que significa para su economía el elevado precio actual del petróleo. Debido a la inestabilidad en Medio Oriente, tanto los europeos como los estadounidenses –deseosos de diversificar sus fuentes de aprovisionamiento– van a aumentar sus importaciones de hidrocarburos rusos. La otra cara de esa moneda es que Rusia corre riesgo de transformarse aun más en un Estado rentista. La segunda carta está representada por las dificultades de Estados Unidos y de Europa.
Además de Irak e Irán, Asia Central se convirtió en una preocupación para Washington. A raíz de las críticas por la represión en Andiyán (12), el presidente uzbeko, Islom Karimov, cerró la base que los estadounidenses habían instalado en 2001 para realizar operaciones en Afganistán, y se acercó a Moscú. Ese fue el primer revés importante que registró Estados Unidos en la región. Por su parte, los europeos estarán ocupados en la gestión de la ampliación de la UE concretada en 2004 y en la búsqueda de una solución al fracaso del proyecto de Constitución. Sin olvidar las divisiones transatlánticas e intra-europeas, que están lejos de haberse superado, Rusia cuenta pues con un tiempo de resuello y con un margen de maniobra (13). Habrá que ver si sabe aprovecharlos para renovar su estrategia y sus métodos y convertirse en un modelo atractivo para sus vecinos.  
1. Rusia se opone a sanciones del Consejo de Seguridad a causa de su participación en el programa nuclear civil iraní. Moscú obtuvo el contrato para construir la central nuclear de Buchehr, por un monto de 800 millones de dólares. Por haber negociado con Teherán un acuerdo para trasladar a Rusia el combustible utilizado, Moscú asegura contar con la garantía de que la producción de la central iraní no será utilizada con fines militares.
2. “La politique étrangère russe. A l’Ouest, du nouveau”, Le Courrier des pays de l’Est, N° 1038, París, septiembre de 2003.
3. Nezavisimaïa Gazeta, Moscú, 3-10-03.
4. El 3 y 6 de diciembre de 2004, véase www.kremlin.ru
5. Artículos de Serguei Karaganov, un experto cercano al Kremlin, Rossiiskaïa Gazeta, Moscú, 13 y 22 de septiembre de 2005.
6. Creado en 1996 por Rusia, China, Kazajstán, Kirguizistán y Tayikistán, el Grupo de Shanghai se convirtió en junio de 2001 en la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), con la adhesión de Uzbekistán. Sus actividades se concentran en temas de seguridad regional, en particular la lucha antiterrorista. En julio de 2005 India, Pakistán e Irán se convirtieron en observadores.
7. Bobo Lo, “Un équilibre fragile: les relations sino-russes”, Russie Cei, Visions, N° 1, IFRI, París, abril de 2005.
8. Dimitri Trenin, “Aziatski vektor v strategii Moskvy”, Nezavisimaïa Gazeta, Moscú, 27-10-03.
9. Isabelle Facon, “La politique européenne de la Russie: ambitions anciennes, nouveaux enjeux”, Questions internationales, París, N° 15, septiembre-octubre de 2005.
10. Alemania es el primer socio comercial de Rusia (14% de las importaciones y 7,8% de las exportaciones); el primer inversor extranjero (más de 10.000 millones de dólares de stocks) y el primer acreedor (Berlín posee la mitad de la deuda externa rusa, 20.000 millones de dólares sobre 40.000, en el marco del Club de París). Putin y Schroder firmaron el 8 de septiembre de 2005 un acuerdo para la construcción de un gasoducto submarino entre ambos países en el Báltico -uno de cuyos ramales fue completado a fines de 2011- que garantizará al cabo de cierto tiempo la mitad del consumo alemán de gas. Ese proyecto causó vivas reacciones en Polonia y en los países bálticos.
11. Céline Bayou, “Etats-Baltes-Russie: un authentique dialogue de sourds”, Le Courrier des pays de l’Est, París, N° 1048, marzo-abril de 2005.
12. Vicken Cheterian, “Bain de sang en Ouzbékistan”, Le Monde diplomatique, París, octubre de 2005.
13. N. de la R.: Este artículo fue originalmente publicado en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, noviembre de 2005.
fuente: eldiplo.org

Muestra sobre Gombrowicz

Witold Gombrowicz. Momentos singulares

Hasta el 13 de octubre

Witold Gombrowicz. Momentos singulares

Entre 1939 y 1963, el escritor polaco Witold Gombrowicz vivió en la Argentina. Al cumplirse medio siglo desde su partida de Buenos Aires, esta exposición recrea momentos singulares de su vida en el país: la llegada, los primeros años, la traducción de Ferdydurke, el trabajo en el Banco Polaco, los amigos y finalmente la despedida…

Del 10 de septiembre al 13 de octubre
Sala Juan L. Ortiz
Biblioteca Nacional
Agüero 2502


La exposición podrá visitarse hasta el 13 de octubre de lunes a viernes de 10 a 20:30 hs. y sábados y domingos de 13 a 18:30 hs.
Lugar: Biblioteca Nacional
Fuente: eldiplo.org

Dia del estudiante en el Larroque




Día del estudiante en el Tosco


Hoy para festejar en el Tosco hubo de todo, truco, voley, fútbol tenis y basquet.
Se la paso muy bien.




 
Sigue dando cátedra.
Que jugador!

jueves, 19 de septiembre de 2013

Redes y mapas de Egipto y Grecia










10 AÑOS DEL TOSCO





EL MARTES 24 SE PRESENTARA LA MUESTRA SOBRE EL TALLER DE CINE DEBATE HISTÓRICO.

SERA EN EL MARCO DE LA SEMANA POR LOS FESTEJOS DE LOS DIEZ AÑOS DE NUESTRO QUERIDO COLEGIO AGUSTÍN TOSCO.

EN LA MUESTRA SE PRESENTARA UN MONTAJE DE TODAS LAS PELÍCULAS VISTAS HASTA EL MOMENTO DURANTE EL 2013.




APROVECHANDO LA OCASIÓN TE SEGUIMOS
INVITANDO AL TALLER, LUNES POR MEDIO
DE 11:30 A 13:00 HS.
ESTA TODA LA COMUNIDAD EDUCATIVA
INVITADA!



martes, 10 de septiembre de 2013

Entrevistas sobre peronismo

Los alumnos de 5to. Sociales del Instituto Holters terminaron de presentar las entrevistas realizadas sobre el primer peronismo (1945 - 1955)

 En las entrevistas se pudieron observar distintas posiciones ideológicas sobre el periodo analizado.

La amplitud de opiniones y de anécdotas de vida enriqueció el conocimiento del grupo propiciando interesantes preguntas y debates a lo largo de todo el proceso.
El objetivo quedo cumplido!



Agradecemos a todas las personas que fueron entrevistadas.

Regreso a La Moneda, 40 años después

El aniversario del golpe de Pinochet coincide con la publicación de libros con nuevos detalles sobre los últimos días de Allende




Puntualmente cada 11 de septiembre, la historia regresa al palacio La Moneda de Santiago de Chile, donde Salvador Allende se suicidó hace 40 años con un fusil regalado por Fidel Castro. La aviación golpista y la traición demolían el edificio de la calle Morandé cuando el presidente se sentó en un sofá palaciego, apoyó la barbilla sobre la bocacha del arma,apretó el gatillo y saltaron por los aires el cráneo de un hombre decente y una democracia revolucionaria. Llovía sobre mojado. No era la primera vez que Estados Unidos había promovido en América Latina el derrocamiento de presidentes insumisos: dos rebeliones militares alentadas por la CIA derribaron a Jacobo Arbenz, en Guatemala, en 1954; a Juan Bosch, en República Dominicana, en 1963, y un año después al brasileño João Goulart.
Consumada la vileza del general Augusto Pinochet y la deslealtad de los temerosos, a las 11.50 de aquella jornada fatídica, dos aviones abrieron fuego contra La Moneda con cohetes que perforaron los muros del edificio neoclásico y quebraron las paredes de salones y despachos. Los gases lacrimógenos asfixiaban a medio centenar de fieles. Entre cascotes y gritos, se cubrían como podían. Sin suministro eléctrico, ni esperanzas, con el palacio en llamas, el presidente se despidió de sus colaboradores y amigos. No tenía sentido su inmolación. Pero otras eran las intenciones del generalato insurrecto. “Tenemos que matarlos como ratas, que no quede rastro de ninguno de ellos, de Allende”. La criminal iracundia del almirante Patricio Carvajal fue conocida al quedar inadvertidamente abierto el sistema de comunicación entre el puesto de mando de la sublevación y las unidades asaltantes.
Aquel cuartelazo reunió todos los ingredientes de las tragedias griegas: traiciones, cobardías, intrigas, asesinatos y muerte, según el cardiólogo Óscar Soto Guzmán, sobreviviente de La Moneda, médico personal del presidente y autor del libro Allende en el recuerdo, que se publica en el 40º aniversario del golpe. Relata las reacciones de Allende ante los acontecimientos que le tocó vivir. También Soto debió reaccionar. “Hablo con mi esposa Alicia; ella me dice: ‘Se anuncia por radio que van a bombardear el Palacio’. ‘Así es, le respondo’. ‘¿Qué vas a hacer?’. ‘Me quedaré aquí, en el Palacio’, le dije. Alicia calló, pero entendí que compartía mi decisión”. El golpe le cambió la vida. La salvó, pero en el exilio de México, Cuba y España, donde reside con su familia.

“Misión E

El historiador español Mario Amorós, que ha publicado Allende, la biografíadespués de 18 años de investigación sobre su figura y trayectoria, sostiene que la “vía chilena al socialismo” fue derrotada por una agrupación de causas: la estrategia de la oposición de bloquear cualquier iniciativa gubernamental en el Congreso, en el que tenía mayoría absoluta, el fomento de la crisis económica y del desabastecimiento, y la movilización anticomunista de las clases medias y sectores estudiantiles; incluso de la aristocracia obrera. La agresión de Estados Unidos y la derrota de los sectores constitucionalistas de las Fuerzas Armadas completaron la pinza, según Amorós, cuya obra, redactada desde la militancia política del autor, ligado al PCE, es imprescindible.
Pero algo mal debieron hacer el presidente y su Gobierno para que fuera posible tal coalición de fuerzas opositoras. Conmovido por su muerte, el secretario del Partido Comunista Italiano (PCI), Enrico Berlinguer (1922-1984), llegó a una lúcida conclusión: las transformaciones pretendidas por Salvador Allende, que había ganado las presidenciales de 1970 con el 36,3% de los votos, eran de tal calado que una mayoría simple no era suficiente para aprobarlas, ni siquiera con el presidencialismo consagrado en la Constitución de 1925. Los cambios exigían mayorías parlamentarias cercanas al 70% y amplios consensos sociales. Esa ecuación, sin embargo, era casi un imposible en el Chile de las injusticias distributivas y la guerra fría entre Estados Unidos y la URSS. Cuatro decenios después, el golpe cívico castrense de 2002 en Venezuela, y su actual atrincheramiento, las intermitentes sublevaciones criollas en la Bolivia indigenista o incluso el conflicto egipcio parecen resucitar aquellas reflexiones eurocomunistas.
“El golpe contra Allende, que crecía en cada elección, lo dieron las clases altas, las oligarquías, con la ayuda de un Henry Kissinger (secretario de Estado de Richard Nixon) muy inteligente y con dinero. En una redada de camioneros en huelga, y les pillamos ¡con billetes de 1.000 dólares en el bolsillo!”, recuerda Danilo Bartulín, médico personal y amigo de Allende, cuyo cargo oficial era médico jefe de la Presidencia de la República. Bartulín durmió en una habitación contigua el año de la crispación, y respondía las llamadas telefónicas del gobernante durante su descanso. Le acompañó en viajes y en horas cruciales y solía jugar al ajedrez con el mandatario hasta las dos de la madrugada. “Déjate ganar para que se vaya a dormir”, me decía. Fue torturado y encarcelado durante dos años tras su detención en La Moneda.
La última intentona para evitar el cuartelazo se desarrolló la noche del 17 de agosto en casa del cardenal Silva Henríquez, anfitrión de una cena entre el presidente y jefe de la Democracia Cristiana Patricio Aylwin, que acusó a Salvador Allende de destruir la democracia y conducir a Chile hacia la ruina económica y la dictadura del proletariado. “Yo le esperaba en el coche”, recuerda ahora Bartulín. “Al llegar, hacia las dos de la madrugada, me dijo: “No quieren nada. Nos niegan el pan y la sal’. Entonces yo le dije: ‘Vamos a la Cumbre de Argel (del Movimiento de Países no Alineados, del 5 al 9 de septiembre de 1973), pero usted pasa por el Vaticano y le pide una audiencia al Papa para que la democraciacristiana se ablande’. Le parece bien la iniciativa y se prepara un avión para unas veinte personas. La idea se mantiene, pero hubo voces que alertaron: ‘¿Y si dan el golpe cuando estemos fuera?’. Finalmente, Allende no fue ni a la Cumbre de Argel ni pidió audiencia a Pablo VI porque los acontecimientos se precipitaron”.
La subordinación de las Fuerzas Armadas al poder civil durante cuatro décadas había contribuido a asentar el mito de su “profesionalidad”, asumido de manera acrítica por Salvador Allende y amplios sectores de la izquierda, según explica Amorós en su libro. En el caso de un golpe de Estado, la Unidad Popular confiaba en que una parte significativa de los militares cumpliera con sus deberes constitucionales, pero no ponderó adecuadamente la vinculación técnica, económica e ideológica del estamento castrense chileno con Estados Unidos, que se remontaba a 1947, año de la firma del Tratado Interamericano de Mutua Defensa. “Por otra parte, el Informe Church reveló que, entre 1966 y 1973, 1.182 oficiales chilenos se adiestraron en centros militares de este país, donde les inculcaron la anticomunista Doctrina de Seguridad Nacional y les enseñaron terribles métodos de tortura que se pusieron en práctica a partir del 11 de septiembre de 1973”.
Sobran las pruebas sobre la cobertura norteamericana del golpe. Peter Kornbluh, director del National Security Archive’s Chile Documentation Project, consiguió que se desclasificaran más de 24.000 documentos secretos de la CIA y la secretaria de Estado. Los más importantes se reproducen en el libro Pinochet: los archivos secretos, ahora reeditado y ampliado (Crítica). La participación de Estados Unidos en la asonada fue tan determinante como la derechización de la Democracia Cristiana, muy cercana a la UP bajo la dirección de Radomiro Tomic. “Desgraciadamente, desde la fecha de la elección de Allende, la actitud del expresidente Eduardo Frei fue la de un energúmeno, que hizo suyo todo el discurso anticomunista y antipopular de la extrema derecha chilena y de los círculos del Gobierno norteamericano, sensible a las posiciones de sus empresas transnacionales. Se olvidó del socialismo comunitario”, señala Óscar Soto.


Óscar Soto, el médico de Allende, en su casa de Madrid esta semana. / CARLOS ROSILLO
La Democracia Cristiana perdió su sensibilidad social y Salvador Allende, la vida. ¿Hubiera podido conservarla? “Yo le tuve preparado dos operativos para que saliera vivo de La Moneda”, recuerda Bartulín. “Teníamos casas clandestinas para esconderlo. Propuse su salida en una pequeña reunión. Todavía no habían bombardeado. Hablé con gente del Ministerio de Obras Públicas que es donde estaban los coches y había un montón de gaps (Grupo de Amigos del Presidente). Ellos dijeron que podíamos salir cuando quisiéramos porque todavía no había toque de queda y los coches podían circular. Allende me dijo: ‘Bien, ten preparado el operativo’. Entonces algunos dijeron que no, que había que resistir hasta el final, hasta la muerte. Yo decía que mejor un Allende vivo que muerto, y que yo me quedaba. El plan era que tres coches salieran de La Moneda con Allende en uno de ellos, sin que nadie pudiera identificarle. Los que se quedaran seguirían disparando para disimular la salida de Allende. Si hubiera seguido vivo podía haber cambiado la historia”.
Pero el ánimo de Allende y sus leales sufrió un bajonazo cuando Augusto Olivares, director de la televisión nacional, se pegó un tiro en la sien. El abatimiento de La Moneda contrastó con la satisfacción de los jefes golpistas con el desenlace de su bombardeo y asalto al palacio presidencial. Carvajal informó sobre la muerte de Allende a Pinochet y Gustavo Leign, comandante de la Fuerza Aérea, en esta grotesca comunicación: “Hay una información del personal de la Escuela de Infantería que está dentro de La Moneda. Por la posibilidad de interferencias, la voy a transmitir en inglés: ‘They said that Allende committed suicide and is dead now’. Díganme si entienden”. Pinochet: Entendido. Leigh: Entendido perfectamente”.

“Bajen todos. Yo seré el último”

Bruscamente, la puerta de la calle Morandé 80 (del Palacio de la Moneda) es derribada y unas dos decenas de soldados invaden el vestíbulo. Llevan fusiles y se identifican con un paño en el cuello de color naranja. Violentamente nos golpean en los costados del cuerpo y nos arrojan uno encima del otro en la vereda inmediata a la puerta de Morandé. Desde el Ministerio de Obras Públicas no dejan de dispararles y nos encontramos en un fuego cruzado, con serio peligro de ser heridos. Un suboficial, que porta lentes ópticos con la mitad de uno de los cristales roto, me coge por un brazo y me levanta. “¿Quién es usted?”, me pregunta. “Soy el doctor Óscar Soto”, respondo de inmediato. “Doctor, suba a la segunda planta y dígale a sus compañeros que tienen diez minutos para rendirse, que bajen desarmados”.
Subo la escalera y cuando me faltan aproximadamente unos diez escalones veo al presidente Allende rodeado de mis compañeros. Me ve aparecer y me dice: “¿Qué pasa doctor?”. Respondo: “Presidente, los militares han invadido ya la primera planta y nos dan diez minutos para bajar”.
Durante un instante me mira profundamente desde lejos y siento que será definitivo, se acerca el final. Le escucho: “Bajen todos. Dejen las armas y bajen. Yo seré el último”. En fila india, mis compañeros bajan, yo sigo mirando al presidente que se escurre en dirección al salón Independencia. Al atravesar la puerta de Morandé 80 soy empujado, con las manos detrás de la nuca, a apoyarme en el sólido muro del palacio. Detrás de mí, alguien solloza. Es Enrique Huerta, el intendente de palacio. “¿Qué pasa, Enrique?”, inquiero. “El presidente ha muerto”, me dice desolado. Ha entrado al salón Independencia, se ha sentado en un amplio sillón de tapiz rojo, y se ha suicidado. Ha estado solo. Ningún militar ha llegado aún a la segunda planta.
El doctor Rogelio de la Fuente Gaete, en su libro Detrás de la memoria (México, 2008), resume con acierto la llamada batalla de La Moneda: “Políticamente, una traición. Humanamente, un genocidio. Éticamente, una ignominia. Militarmente, una inepcia”.
Extracto de Allende, en la memoria, de Óscar Soto (Ediciones Sílex), ya está a la venta. 16 euros.
Fuente: Elpais.com